miércoles, 7 de noviembre de 2018

Historia medioambiental contada con canciones de Queen


Ecological rhapsody


We are the champions, Show must go on, I want to break freeEs imposible leer estos títulos sin tararear (o cantar a voz en grito) cada canción. La obra de Queen ha marcado un antes y un después en la Historia de la música hasta el punto de mantener una legión de fervientes seguidores a día de hoy, como demuestra la reciente película Bohemian Rhapsody (2018). Las canciones de Queen son originales, rompedoras y transgresoras, y sus letras tratan temas tan universales como el éxito y el fracaso, el amor y el desengaño, la alegría desenfrenada y la culpa irremediable. En la entrada de esta semana quiero rendir un merecido homenaje a esta excepcional banda contando mediante sus canciones una de las mayores historias de amor, odio, celos y reconciliaciones del mundo: la del ser humano y el medio ambiente. ¡Dentro música!



I want it all: la sobreexplotación de los recursos naturales

I want it all (“Lo quiero todo”) fue el mayor éxito del álbum The miracle (“El milagro”), publicado en 1989, una época en la que Queen ya se había convertido en una banda de referencia con otros once discos a sus espaldas. La canción habla de la ambición y el valor de pelear por conseguir mejores condiciones de vida, rozando el egoísmo, temas que pueden verse reflejados en el espíritu de lucha humano frente al reto de conseguir alimento, refugio y otros bienes de un entorno a priori hostil.


Empujado por esta determinación (como dice la canción, I'm a man with a one track mind, “soy un hombre con una mente de ideas fijas), y gracias a una gran habilidad para resolver problemas complejos, el ser humano ha modificado el medio ambiente desde tiempos inmemoriales de manera más eficiente que cualquier otro animal. Aunque se cree que ya los cazadores nómadas pudieron influir en la extinción de especies de macrofauna, como el oso de las cavernas o los mamuts, los impactos negativos del ser humano comenzaron a hacerse evidentes cuando se volvió sedentario y empezó a explotar de forma sistemática los recursos madereros, mineros y agrícolas. 


Suele decirse que las culturas antiguas no eran capaces de explotar estos recursos hasta el punto de agotarlos (lo que podría resumirse de nuevo en “lo quiero todo, y lo quiero ahora”), pero en algunas ocasiones ocurrió. Por ejemplo, la minería intensiva de civilizaciones como Egipto, Grecia y, especialmente, Roma, ocasionó el agotamiento de numerosos yacimientos.

En cualquier caso, la sobreexplotación de los recursos naturales se aceleró a partir de los siglos XVIII y XIX, con la Revolución Industrial. La máquina de vapor revolucionó todos los sectores industriales (textil, siderurgia, metalurgia…), así como las comunicaciones y el transporte, pero también favoreció la extracción desmesurada de combustible (fundamentalmente, leña y carbón). La Segunda Revolución Industrial, con el desarrollo del uso de la electricidad  y los avances técnicos en numerosos campos (el telégrafo, el aeroplano…), no hizo sino incrementar esta tendencia. En resumen, un aumento acelerado en el uso de los recursos (so much to do in one lifetime, “tanto que hacer en una sola vida”) que el ser humano tomó al grito de just give me what I know is mine (“solo dame lo que es mío”) y no supo gestionar a tiempo.


Interesante artículo sobre la explotación minera de los romanos e información general sobre la minería en el Antiguo Egipto.


Under pressure: los tipos de recursos naturales y el riesgo de perderlos

Under pressure (“bajo presión”), publicada en 1982 en el disco Hot Space (“Espacio caliente”), fue compuesta conjuntamente por los músicos de Queen y David Bowie, y es uno de los éxitos más célebres de ambos. El tema refleja la frustración de vivir en una sociedad alienada, en un mundo cuyas reglas no están motivadas por el amor ni el bienestar del prójimo. Puede interpretarse como un canto contra la guerra, las injusticias sociales o la discriminación, pero vamos a enfocarlo hacia las presiones que el ser humano genera sobre el medio ambiente.


La demanda de combustible, energía y materiales derivada de la mejora de la tecnología, la intensificación agraria y el crecimiento demográfico nos condujeron a un siglo XX que terminó contaminado y agotado (is the terror of knowing what this world is about, “es el terror de saber de qué va este mundo”), dominado por el uso de recursos no renovables como el petróleo y sus derivados. Los recursos no renovables son aquellos que no se regeneran o que tienen un tiempo de regeneración largo comparado con la vida humana (de millones de años, por ejemplo), por lo que se considera que si se utilizan, desaparecen para siempre. 


Los recursos renovables, por otra parte, son los que aunque se usen no se gastan (como la fuerza del viento, el calor del sol o el movimiento de las mareas) o que pueden regenerarse en un tiempo relativamente corto (como la madera de los árboles). Abusar de los recursos no renovables ocasiona un problema tanto para el medio ambiente como para el modo de vida que ha desarrollado el ser humano. A medida que estos recursos comienzan a escasear aumenta la preocupación por cómo encontrar nuevos recursos que suplan su función (pressure pushing down on me, pushing down on you, “la presión cayendo sobre mí, cayendo sobre ti”). Esta preocupación fue la que haría surgir propuestas alternativas, como el uso de energías limpias o renovables, especialmente a partir de la década de los setenta (can’t we give ourselves one more chance?, “¿no somos capaces de darnos una oportunidad más?”).




Another one bites the dust: consecuencias peligrosas para las especies

Another one bites the dust (“Otro más muerde el polvo”) está incluida en el álbum The game (“El juego”) de 1980. Aunque al principio los músicos no tenían fe en este tema, llegó a convertirse en uno de sus mayores éxitos de ventas. La canción habla de un tiroteo callejero en el que los pistoleros van siendo alcanzados uno tras otro, lo que supone una alegoría perfecta de cómo las presiones medioambientales de origen humano están acabando con la diversidad de especies del planeta.


El agotamiento de los recursos no fue el único hecho preocupante que se constató a finales del siglo XX. La sobreexplotación, unida a otras cuatro amenazas principales para el medio ambiente (contaminación, alteración o degradación del hábitat, cambio climático y especies invasoras), conlleva graves consecuencias para la supervivencia de las especies del planeta (How do you think I'm going to get along without you when you're gone?, “¿qué tal crees que voy a llevarlo sin ti cuando te vayas?”). 

La sobreexplotación y alteración de una zona reduce el espacio que puede ocupar una población de una especie y, frecuentemente, el número de individuos que la componen. La contaminación, además de actuar directamente enfermando o matando, hace que las especies tengan menos recursos (alimento, agua, refugio) y de peor calidad. Por si fuera poco, la competencia con especies invasoras reduce aún más la capacidad de las especies de conseguir estos recursos. Por otra parte, el cambio climático hace que las condiciones ambientales a las que están acostumbradas las especies, como temperatura y régimen de precipitación, varíen drásticamente.

El deshielo de los polos es una de las consecuencias más visibles del cambio climático.

Frecuentemente, las especies tienen que enfrentarse a varias de estas amenazas simultáneamente, conduciendo para muchas de ellas a la extinción (and another one gone, another one bites the dust, “y ya va otro más, otro más muerde el polvo”). El impacto es tal que se considera que las tasas actuales de pérdida de diversidad son entre 100 y 1000 veces mayores que las naturales y que nos enfrentamos a la sexta gran extinción masiva de todos los tiempos.

El leopardo de las nieves es una de las especies más amenazadas del planeta.


Somebody to love: legislación medioambiental

Somebody to love (“Alguien a quien amar”) es el single del disco de 1976 A day at the races (“Un día en las carreras”). Habla de la soledad de alguien que, habiéndose esforzado al máximo, no ha recibido nada de amor a cambio. Refleja un sentimiento de desesperanza totalmente opuesto al “lo quiero todo” que había impulsado la Revolución Industrial y por eso es perfecto para explicar el cambio social que conllevaron los inicios de la legislación ambiental.


Por suerte, la crisis ambiental removió conciencias y también espíritus más prácticos, conduciendo a la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, celebrada en Estocolmo en 1972, también llamada Conferencia de Estocolmo o Cumbre de la Tierra. En esta reunión se reconocieron los problemas medioambientales que estaban (y están) teniendo lugar en todo el mundo (each morning I get up I die a little, “cada mañana que me levanto muero un poco”) y se estableció que debía ponérseles remedio de manera global. 


La Conferencia no tuvo muchas consecuencias efectivas, pero un fue un punto de inflexión para que países de todo el mundo, y especialmente los europeos, comenzasen a elaborar leyes para la protección del medio ambiente (I ain't gonna face no defeat, “no voy a enfrentarme al fracaso”). El objetivo ideal sería alcanzar un desarrollo sostenible, en el que el desarrollo socio-económico humano no estuviera reñido con la protección y preservación del planeta.

La Conferencia de Estocolmo abrió la veda para posteriores cumbres mundiales: Río de Janeiro (1992), Johannesburgo (2002) y de nuevo Río (2012). También sentó las bases para posteriores acuerdos internacionales como el Protocolo de Kioto (1992), referente a las emisiones de gases de efecto invernadero. Los acuerdos alcanzados a gran escala han sido fundamentales para cambiar la mentalidad y la forma que tiene el ser humano de relacionarse con el medio ambiente. 


En Europa, estos acuerdos se traducen en directivas europeas, que a su vez se trasponen a la legislación de cada país y, dentro de ellos, a cada región. Así, se han impuesto restricciones a la explotación y la contaminación desde el nivel industrial al particular y se han delimitado espacios de conservación natural. Esto significa que, aunque todavía queda mucho por hacer, cada vez es más difícil dañar el planeta sin ser penado por ello (one day I’m gonna be free, “un día voy a ser libre”).



Bicycle race: alternativas ecológicas para todos

Bicycle race (“Carrera de bicicletas”) fue el tema principal del álbum Jazz, publicado en 1978. Como en otras canciones del grupo, en Bycicle race prima la experimentación de ritmos, voces y sonidos, llegando a incluir el timbre de la bicicleta. La letra más que contar una historia se centra en el sonido de las palabras, utilizando la contraposición de ideas con un tono humorístico (You say black, I say white / You say bark, I say bite / You say shark, I say hey man, “Tú dices negro, yo digo blanco / Tú dices ladra, yo digo muerde / Tú dices tiburón, yo digo eh tío”). Con esta oda a la bicicleta y a la experimentación llegamos al punto actual de la historia: la búsqueda de soluciones ecológicas para reducir los impactos medioambientales.


Desde la década de los setenta hasta la actualidad no solo se han creado leyes para proteger al medio ambiente, sino que ha habido un fuerte cambio en la sociedad y nos hemos concienciado sobre la importancia de proteger el planeta. Todos conocemos cómo debemos gestionar nuestros residuos (la regla de las tres Rs: reducir, reutilizar, reciclar) y separar la basura, sabemos que debemos ahorrar luz y agua en la medida de lo posible y que es mejor utilizar el transporte público o la bicicleta (I want to ride my bicicle, I want to ride my bike, “Quiero montar en mi bicicleta, quiero montar en mi bici”) que el transporte privado. Es difícil pensar que los pequeños gestos pueden tener repercusiones a gran escala, pero las tienen. Este cambio de mentalidad y hábitos es lo más importante para cuidar el planeta y avanzar hacia un desarrollo sostenible.  


Como ejemplos: una infografía sobre el ahorro que supone reducir el gasto de agua, consejos para ahorrar energía en casa y un artículo acerca de la contaminación atmosférica asociada al uso del coche.



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Fuentes de las imágenes:
Unsplash: personas junto a locomotora
Pixabay: oso polar, leopardo de las nives, protección ambiental
Biblioteca audiovisual de legislación internacional: Conferencia de Estocolmo
Wired: Protocolo de Kyoto

martes, 30 de octubre de 2018

La historia evolutiva de la calabaza


La noche de las calabazas vivientes


Grandes, terroríficas, iluminadas desde el interior… Las calabazas son uno de los símbolos más reconocibles de Halloween. ¿De dónde vienen, qué hacen aquí y qué quieren de nosotros? Al margen de la tradición de utilizarlas como linternas en las festividades de la Víspera de Todos los Santos, el éxito de las calabazas proviene en primer lugar de sus propiedades nutricionales, el tamaño de su fruto y las grandes posibilidades que ofrece su cultivo. Si quieres saber más sobre ellas, atrévete a leer la entrada de esta semana sobre el origen y los usos de la calabaza.



La calabaza de Texas


Las típicas calabazas de Halloween son una subespecie de Cucurbita pepo, especie a la que también pertenecen otros tipos de calabaza y los calabacines. El género Cucurbita incluye unas catorce especies con multitud de variedades. El número no es exacto porque  dependiendo de los autores hay calabazas que pueden ser consideradas como variedades o como especies. En cualquier caso, todas son originarias de América y cinco de ellas (o seis, según algunos autores) están domesticadas, es decir, son plantas que se cultivan como alimento. Entre ellas, Cucurbita pepo es la más generalista, ya que puede crecer en hábitats muy diferentes, y es por ello la más utilizada.



De manera más general, también se llama “calabaza” a grupos de plantas emparentados con Cucurbita pero que se encuentran en otras partes del mundo. Por ejemplo, las conocidas como calabazas de peregrino (género Lagenaria), que pueden encontrarse en regiones templadas de todo el globo o las llamadas “calabazas blancas” (género Benincasa), típicas de Asia.

Género Lagenaria


Género Benincasa



La mayoría de las calabazas son plantas anuales, rastreras o trepadoras con un fruto grande de cáscara dura y semillas también grandes que suele servir como alimento a mamíferos de gran tamaño.


La calabaza de la noche de Halloween


Además de su uso en alimentación, las calabazas son sin duda famosas por su uso como farolillos en la festividad de Halloween o Víspera de Todos los Santos. Existen varias leyendas que asocian estos faroles con celebraciones relativas al comienzo del invierno, y para resumir parece ser que estas calabazas representan malos espíritus o se hacen con la finalidad de espantarlos. 


Aunque son muchas las culturas que han esculpido rostros humanos o semi-humanos en los vegetales, se cree que la costumbre de esculpir calabazas procede de los irlandeses que emigraron a Norteamérica en el siglo XIX. En su Irlanda natal, estos emigrantes utilizaban nabos, pero al llegar al Nuevo Mundo les resultó mucho más fácil encontrar calabazas que nabos. 


 De hecho, las calabazas son una elección perfecta para esculpir linternas de Halloween ya que, debido a su gran tamaño y su cáscara gruesa y dura, son relativamente fáciles de tallar. Además, son frutos típicos de esta temporada del año.




La semilla (de calabaza) del mal


El origen de las calabazas se encuentra en las zonas secas de Méjico y el sur de Estados Unidos, hace unos 11 millones de años. Aún hoy, en estos lugares podemos encontrar algunas especies perennes del género Cucurbita adaptadas a la escasez de agua.

Lo más habitual en las plantas cultivadas es que a partir de la domesticación de una especie surjan varias especies domésticas. Sin embargo, se cree que las cinco o seis especies cultivadas de Cucurbita se domesticaron de manera independiente, lo cual dice mucho sobre su versatilidad y su potencial como alimento.



Se han encontrado evidencias del cultivo de la calabaza de hace más de 10.000 años, es decir, que la calabaza es una de las plantas que el ser humano lleva más tiempo utilizando. Además, las calabazas ostentan el récord de ser las plantas domesticadas con el fruto más grande en comparación con sus parientes silvestres.




Calabnormal Activity


La calabaza suele recomendarse como un alimento sano y nutritivo porque contiene mucha agua y mucha fibra. Además, como indica su color naranja, tiene carotenoides (también presentes en las zanahorias o el tomate), unos compuestos relacionados con la vitamina A (que, entre otras funciones, ayuda al buen funcionamiento de la retina y del sistema inmunitario). Su pulpa se utiliza habitualmente en multitud de platos, desde dulces a cremas, pero también pueden consumirse sus semillas y su cáscara. De hecho, hay evidencias de que las culturas pre-hispánicas de Méjico ya utilizaban todas las partes de la calabaza para diversas recetas.


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Fuentes consultadas:

  • Un artículo que examina la filogenia (relaciones de parentesco) de las especies del género Cucurbita (Kates, Soltis y Soltis, 2017).
  • Y otro que además analiza su biogeografía (historia geográfica de la aparición y distribución de las especies) (Castellanos-Morales et al., 2018).
  • Tampoco me ha venido mal echar un ojo a la página de Wikipedia sobre las calabazas y la especie.
  • Y leí varios artículos sobre platos y dulces elaborados con calabaza como este, este y este.

Fuentes de las imágenes:


miércoles, 24 de octubre de 2018

El reloj biológico y el cambio de hora


Cinco minutitos más…

Todos los años igual. Llega octubre y ¡zas!, se adelanta el reloj una hora. Dicen que así se ahorra luz y se aprovecha más la jornada de trabajo, pero a muchos esa hora nos descuadra todos los horarios y nos hace sentir más cansados. El mismo problema sucede en marzo, cuando volvemos a atrasar los relojes. Es tal la molestia que algunos países que tradicionalmente realizaban este cambio han decidido adoptar un horario único, aunque el cambio de hora todavía sigue vigente en unos setenta países (alrededor de un cuarto de la población mundial). ¿Por qué cambiamos la hora? ¿Es efectivo? ¿En qué nos afecta? En la entrada de hoy hablamos de la relación entre la hora convencional y nuestro propio reloj biológico.



¿Qué es el reloj biológico?

Desde el mismo origen de la vida, los organismos han estado sometidos a la variación periódica del día y la noche. Como los consiguientes cambios de luz y temperatura afectan a los procesos biológicos, los seres vivos realizan actividades diferentes en cada momento del día. Esto se ve reflejado a todas las escalas, desde la fisiología hasta el comportamiento.

Por ejemplo, los organismos que obtienen su energía de la luz solar (no solo plantas, sino también multitud de bacterias) suelen realizar la fotosíntesis durante el día mientras que por la noche se ocupan de otras actividades, como la formación de nutrientes que pueden ser difíciles de sintetizar en presencia del oxígeno que desprende la fotosíntesis. En animales, las cantidad de luz no solo regula las fases de sueño (que pueden ser de noche o de día dependiendo de la especie) sino también el momento del día en el que buscar comida o el momento del año en el que comienza la hibernación.


Estas variaciones se denominan ritmo circadiano (del latín circa, “alrededor” y diem, “día”) o biorritmo.


¿Cómo funciona el reloj biológico?

Sorprendentemente, los mecanismos que controlan la actividad del reloj biológico son muy similares en todos los organismos, desde las células evolutivamente más antiguas hasta los vertebrados de aparición más reciente. Se dice que poseemos genes análogos o equivalentes, es decir, que sin ser los mismos realizan una función muy parecida.


Sin entrar en tecnicismos, el funcionamiento de estos genes se basa en que se activan o inactivan en condiciones de luz o de oscuridad y, de esa forma, influyen en la producción de proteínas relacionadas con las distintas actividades que realiza el organismo a lo largo del día. Por ejemplo, el primer gen que se descubrió asociado al reloj biológico, en 1984, pertenece a la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) y se denomina period. Durante la noche este gen produce una proteína llamada PER. Sin embargo, cuando hay grandes concentraciones de PER (que resulta ser al final de la noche) se inactiva el gen period, y de esa manera la cantidad de PER se autorregula. La cantidad de PER que hay en la célula en un momento dado es por tanto indicadora de la hora del día y puede dar pistas al organismo sobre cuándo tener una mayor o menor actividad motora o el momento de eclosión de los huevos.


PER no es la única proteína que actúa en este proceso, sino que interacciona con otras en una serie de retroalimentaciones positivas y negativas según el ritmo diario de veinticuatro horas. Del mismo modo, se han encontrado genes que realizan una función similar en otros organismos. Estos mecanismos son tan importantes que siguen funcionando incluso en condiciones perpetuas de luz o de oscuridad y además tienen la capacidad de “reiniciarse” ante pequeños o grandes cambios en el ritmo día-noche. Este reinicio es lo que, cuando viajamos a un lugar lejano, nos permite acostumbrarnos a las nuevas condiciones tras el conocido jet lag. Por si fuera poco, los individuos que tienen algún defecto en los mecanismos del reloj biológico (por ejemplo, su ciclo diario dura más o menos de veinticuatro horas) tienden a tener una menor eficacia biológica, es decir, menos probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia.

La identificación y el estudio de estos genes, comenzó en la década de los setenta y ochenta, dando inicio a la llamada cronobiología. Desde entonces, su alcance ha sido tal que en 2017 los primeros científicos que investigaron acerca de esta disciplina (los americanos Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young) fueron condecorados con el Premio Nobel de Medicina.



¿Qué es la hora?

Debido a los evidentes cambios en los organismos a lo largo del día, todas las culturas se han esforzado por medir el tiempo, e incluso adaptarlo a las variaciones estacionales. Los romanos ya dividían el día en veinticuatro horas, solo que para ellos el día siempre duraba doce horas y la noche, otras doce. Es decir, como en verano los días son más largos, las doce horas del día eran también más largas comparadas con las del invierno, mientras que las doce de noche eran más cortas.


Aunque la hora es una convención humana y ningún horario es tan exacto como nuestro reloj biológico, establecer una hora común facilita las comunicaciones, el comercio y, a día de hoy, nos permite saber cuánto tardaremos de casa al trabajo o en qué momento exacto tenemos cita con el dentista. Estas ventajas se hicieron evidentes en la Norteamérica de finales del siglo XIX, donde se había generalizado el uso del ferrocarril como transporte de pasajeros. Y es que el hecho de que cada una de las ciudades por las que pasaba el recorrido tuviera una hora distinta hacía muy difícil saber a qué hora llegaba tu tren. Por eso, las líneas de ferrocarril fueron las primeras en establecer un horario único.


Durante dicho siglo, en que las relaciones internacionales comenzaban a ser más intensas e inmediatas, se hicieron varias propuestas para unificar la hora, hasta que se celebró la Conferencia Internacional del Meridiano de 1884 (Washington D.C.). Allí se decidió adoptar un día universal con una duración de veinticuatro horas con inicio en el Meridiano de Greenwich (estableciendo que existen veinticuatro horas entre dos de los amaneceres de Greenwich). De esa manera se dividió la Tierra en veinticuatro husos horarios de manera que cada huso tiene una hora de diferencia con sus dos husos vecinos. A principios del siglo XX el uso de este sistema ya se había extendido a todo el planeta.



¿Por qué se cambia la hora?

La duración de los días (horas de sol) casi no cambia en el Ecuador, pero según nos alejamos de él se aprecia una variación notable dependiendo de las estaciones del año. Originalmente, el horario establecido era el que hoy utilizamos como horario de invierno, pero esto provoca que, en latitudes como las de Europa y Norteamérica, la hora de inicio de la jornada sea demasiado tardía en verano, desaprovechando horas de luz por la mañana. Por eso, durante el siglo XX se propusieron varias opciones para adelantar la hora en verano y así aprovechar las horas de luz vespertinas a la vez que alargar las tardes. Es decir, se trataba de que la jornada de trabajo coincidiera con las horas de luz para ahorrar en iluminación. Esta idea fue especialmente popular durante las Guerras Mundiales, debido a la necesidad de ahorrar materiales como carbón y velas, pero no se generalizó hasta los años setenta, cuando se consideró una buena medida para contrarrestar la generalizada crisis energética.


Por otra parte, a día de hoy prácticamente en todas las épocas del año nos levantamos antes de que salga el sol y nos acostamos después de que se ponga. Además, el uso de la iluminación artificial y los dispositivos electrónicos está generalizado a todas horas del día. Por razones como estas, se ha sugerido que el supuesto ahorro del cambio de hora puede no ser tan efectivo como hace unas décadas.



¿Qué ocurre al juntar tu reloj biológico con la hora “artificial”?

Como ya hemos mencionado, el concepto de hora es convencional y no se ajusta a las variaciones luz-oscuridad con tanta precisión como nuestro reloj interno, lo que puede suponer un desajuste. Además, no todos tenemos exactamente el mismo biorritmo, sino que existen personas que están más activas por la mañana (a las que llamaremos “madrugadores”), otras que están más activas por la noche (“noctámbulos”) y otras que no presentan ninguna de estas tendencias (“neutrales”). Estos patrones pueden verse influenciados, además de por la genética de cada uno, por la edad o el sexo.


Estos comportamientos se han asociado a diferencias en las oscilaciones de la temperatura corporal, que es un buen indicador de la actividad metabólica general, a lo largo del día y su amplitud. La temperatura mínima del cuerpo suele observarse a la mitad de las aproximadamente ocho horas de sueño que suele dormir un adulto por la noche, asociada al momento del día en que el cuerpo tiene un menor nivel de actividad. Resulta que los madrugadores alcanzan esta temperatura mínima unas dos horas antes que los noctámbulos (según el estudio que he consultado, realizado por centros de investigación de Illinois, Estados Unidos, la temperatura mínima para los madrugadores sería a las 3:50 y, para los noctámbulos, a las 6:01). Además, este momento de mínima actividad para los madrugadores sí que aparece aproximadamente a la mitad del sueño, pero en los noctámbulos está más cercano a la hora de despertarse, lo que podría explicar por qué este tipo de personas se sienten menos activas cuando se levantan.


Por otra parte, la temperatura mínima tardía asociada a los noctámbulos se relaciona también con una mayor amplitud térmica. Como la amplitud térmica es mayor en los jóvenes y va disminuyendo con la edad, esta relación podría explicar por qué los adolescentes tienden a los hábitos nocturnos. Estas peculiaridades del biorritmo repercuten en qué horas del día somos más productivos, qué horas es conveniente dormir para descansar mejor y cómo afrontar cambios como el jet lag y los cambios de hora. 

Además, de manera general, no hay evidencias significativas de que cambiar la hora haga que durante la semana siguiente durmamos una hora más o una hora menos. De hecho, parece que esto interrumpe nuestro ritmo de descanso, que en ausencia de horarios es capaz de irse regulando según los días se acortan o se alargan. Además, el cambio de hora provoca una pérdida de sueño durante al menos una semana, con los consiguientes efectos sobre la energía, la concentración, el ánimo y el rendimiento. Debido a las diferencias entre individuos, el tiempo que tarda el cuerpo en reajustarse puede suponer desde uno o dos días hasta dos semanas, especialmente al cambiar al horario de primavera.



La mayoría de la gente (excepto los extremadamente madrugadores) se ajusta mejor a los retrasos de tiempo (pasar del horario de verano al de invierno y “ganar una hora”) que a los adelantos (pasar del horario de invierno al de verano y “perder una hora”). El adelanto de tiempo que supone pasar del horario de invierno al de verano parece ser especialmente dificultoso para los noctámbulos.


Entonces, ¿cambiamos la hora o no?

El hecho de que en el mundo actual los horarios sean tan importantes, y, en ocasiones, estrictos, para la jornada laboral, la hora de apertura de los comercios, etc., hace indispensable mantener un horario común. Sin embargo, está demostrado que diferentes tipos de personas tienen facilidad o dificultad en su rendimiento según qué horarios. Por ejemplo, al enfrentarse a un trabajo con horario de mañana una persona noctámbula no será capaz de mantener unos niveles de actividad tan altos como una madrugadora, y probablemente pierda horas de sueño que también repercutirán sobre su nivel de cansancio. Si añadimos el cambio de hora a este cóctel, en cualquiera de los biorritmos explicados, el resultado puede incluir unas repercusiones más o menos graves sobre nuestra salud. Esto, unido a las dudas sobre el ahorro energético que se ha propuesto como justificación tradicional del cambio de hora, parece indicar que el sistema genera más problemas de los que soluciona.


Considerando nuestro reloj biológico, lo más efectivo sería disponer de un horario que permitiera que el cuerpo se acostumbrara de manera natural a los cambios estacionales en la duración de los días y que también respetara las diferencias individuales. En conclusión, la solución para aprovechar mejor los días no debería ser establecer unos hábitos generales con variaciones bruscas, sino permitir unos horarios más flexibles (con un par de horas bastaría) que pudieran adecuarse a cada tipo de persona.


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Fuentes consultadas:



Fuentes de las imágenes:
Pixabay: noche y día cremallera, plantas con puesta de sol, ADN, mosca, reloj de muñeca
Naukas: nobel de medicina
Pexels: relojes de bolsillo, locomotoravela, escritorio iluminado, despertador, cama
Wikipedia: husos horarios
Unsplash: viajera cansada